
¿Sabéis qué contestó Cruyff cuando la recién elegida Junta Directiva de Joan Laporta fue a visitarlo para preguntarle por Rijkaard? »Es un bien persona».
¿Y qué es lo que anda repitiendo estos días como un mantra todo el fútbol español? Pues exactamente lo mismo, que Rijkaard es una buena persona, un hombre elegante, un señor.
¿Estamos sugiriendo acaso que no lo sea? Todo lo contrario. Sin embargo, uno tiene la sensación de que, con la mejor de las intenciones, a Rijkaard se le está haciendo el peor de los juicios posibles. Porque, aunque quizá algunos no se estén dando cuenta, decir de alguien que es «una buena persona» es la forma más cruel de descalificarlo como profesional. Una manera diplomática y paternalista, hipócrita en definitiva, de llamarlo inútil o incapaz. Y el «bueno» de Rijkaard, que es bueno de solemnidad, es cualquier cosa menos inepto o incapaz.
Porque sólo un gran entrenador, y no una buena persona, puede aguantar cinco temporadas en un banquillo tan difícil como el del Barcelona. Sólo un gran entrenador, y no una buena persona, es capaz de ganar dos Ligas consecutivas y una Champions, y hacerlo, además, de la manera atractiva y brillante por la que un día su equipo llegó a ser la referencia del fútbol de ataque en Europa.
A quienes objeten que Rijkaard ha contado con grandes futbolistas, convendría recordarles que sus antecesores, Robson y Van Gaal, también dispusieron de los mejores jugadores del mundo (Ronaldo, Rivaldo, Figo, Romario...) y sin embargo no llegaron a alcanzar el mismo nivel de juego.
Por ello, antes de recibir a Guardiola, no estaría de mas despedir como se merece a Frank Rijkaard. Una buena persona, sin duda. Pero sobre todo, por encima de todo, un gran entrenador.